La historia del toreo tiene un antes y un después muy claro, una línea divisoria que separa la vieja lidia decimonónica de lo que hoy entendemos como arte sobre la arena. Ese parteaguas ocurrió en la segunda década del siglo veinte, en un periodo breve, intenso y deslumbrante que los cronistas bautizaron como la Edad de Oro de la tauromaquia. Dos hombres, nacidos casi al mismo tiempo en las orillas del río Guadalquivir pero moldeados con naturalezas diametralmente opuestas, protagonizaron un choque de trenes que transformó la fiesta para siempre: José Gómez Ortega, conocido como Joselito o Gallito, y Juan Belmonte García, el Pasmo de Triana.
Para comprender la magnitud de la revolución que ambos encabezaron, hace falta situarse en la plaza de toros a finales del siglo diecinueve y principios del veinte. Hasta entonces, el toreo era fundamentalmente una demostración atlética de agilidad física, dominio y supervivencia frente a la fiera. Se toreaba sobre las piernas, es decir, el torero esperaba la acometida del animal, le daba salida aprovechando la inercia de la carrera y de inmediato se quitaba de la trayectoria mediante saltos, pasos de costado o carreras para evitar el embroque. El lema imperante era aquel viejo mandato atribuido a Salvador Sánchez Frascuelo y a los maestros de la vieja escuela: o te quitas tú o te quita el toro.
Bajo ese concepto antiguo, el toro imponía las condiciones y el hombre se adaptaba con piernas ligeras y reflejos prodigiosos. La faena de muleta no era el centro estético de la tarde; era solo un trámite previo para preparar al toro para la muerte a estoque, que constituía la suerte suprema y el único momento en el que el público exigía quietud absoluta al cruzar la mano en el volapié. En ese escenario emergió Joselito el Gallo como la perfección absoluta del sistema establecido, mientras que Juan Belmonte apareció como la herejía que dinamitaría todas las leyes conocidas.
José Gómez Ortega nació en el seno de la dinastía más ilustre del toreo, los Gallo, en Gelves. Desde su infancia respiró toro en cada rincón de su casa. Su hermano mayor, Rafael El Gallo, era un genio de la gracia y la improvisación, pero José traía consigo una mente científica. Poseía facultades físicas descomunales: una vista privilegiada, reflejos fulgurantes, una zancada elástica y una comprensión enciclopédica del comportamiento de la res brava. A los diecisiete años, cuando tomó la alternativa, ya sabía cómo iba a embestir cada toro con solo mirarle la anatomía, el nacimiento de la cornamenta y los primeros pasos que daba al saltar de toriles.
Gallito era el toreo total. Mandaba en todos los tercios: paraba los toros de salida con el capote, ponía banderillas con un poder y una facilidad aplastantes que electrizaban a la multitud, y con la muleta dominaba a los astados por las dos manos con una soltura que desarmaba cualquier atisbo de peligro. José jamás dejaba que un toro le ganara la pelea. Su método consistía en someter a la fiera mediante el conocimiento exacto de las querencias, las distancias y los terrenos. Se movía con gracia atlética, caminaba por el redondel con arrogancia natural y jamás parecía estar en apuros. Para el aficionado ortodoxo de la época, Joselito era el pináculo de la perfección: nada faltaba ni nada sobraba en su catálogo. Era imposible torear mejor según los cánones vigentes.
Entonces irrumpió en los ruedos un muchacho menudo, desgarbado, de mandíbula prominente y piernas débiles, criado en las calles y callejones de Triana: Juan Belmonte. A diferencia de José, Belmonte no venía de una dinastía consagrada ni tenía facultades físicas extraordinarias. De hecho, sus condiciones corporales eran sumamente limitadas: padecía de una debilidad crónica en las piernas que le impedía correr con agilidad y carecía de la estatura imponente de los toreros de la época. En sus inicios como novillero clandestino en las dehesas andaluzas de Tablada, toreando toros a la luz de la luna desnudo junto a otros golfillos de Sevilla, Belmonte descubrió una verdad elemental nacida de su propia carencia física: como no podía correr para huir del toro, tenía que quedarse quieto.
La primera vez que Belmonte se presentó en una plaza de categoría, los aficionados veteranos quedaron mudos de espanto. Aquel joven no corría, no saltaba ni se quitaba de la trayectoria de los pitones. Esperaba la embestida con los pies clavados en la arena, inmóvil como una columna, y dejaba que los pitones pasaran a centímetros milimétricos de su chaquetilla. Cuando le preguntaron al célebre crítico y cronista Gregorio Corrochano qué opinaba del nuevo fenómeno sevillano, pronunció aquella frase célebre que retrataba la incredulidad general: Si quieren verlo, dense prisa, porque un toro lo va a matar cualquier tarde de estas.
Belmonte introdujo en la tauromaquia un concepto que hasta ese momento no existía en la práctica: el temple. Templar no es solo torear despacio; templar es adecuar la velocidad del engaño a la velocidad de la embestida del animal, ralentizando el viaje del toro sin que este pierda el interés por la tela ni tropiece con ella. Belmonte resumió su credo revolucionario en una trilogía que hoy sigue grabada en la piedra angular del toreo: parar, templar y mandar.
Parar significaba quedarse quieto, clavar las zapatillas en el redondel y obligar al cuerpo a no reaccionar ante el instinto primario de supervivencia que te ordena correr cuando una masa de quinientos kilos armada con pitones afilados se abalanza hacia tu pecho.
Templar consistía en acompasar el vuelo de la tela con el tranco de la fiera, bajando los brazos y estirando el muletazo para que la embestida se hiciera larga, pausada y curva, rompiendo la vieja trayectoria recta de los antiguos espadas.
Mandar era el desenlace inevitable del temple: obligar al toro a seguir la trayectoria que el torero marcaba con su muñeca, llevándolo sometido por abajo y rematando el pase en el terreno opuesto para dejar al animal colocado para el siguiente muletazo sin necesidad de moverse del sitio.
La irrupción de Belmonte no destruyó a Joselito; al contrario, desató una de las competencias más fecundas y apasionantes de la historia cultural de España. España entera, y más tarde el continente americano, se partió en dos bandos irreconciliables: los gallistas y los belmontistas. Se discutía de toros en los cafés, en las tertulias políticas, en los mercados y en los tranvías. No era una simple rivalidad de taquilla; era un debate filosófico entre dos formas de entender la existencia. Los gallistas defendían el orden, la armonía clásica, el dominio absoluto de la naturaleza y la técnica infalible. Los belmontistas abrazaban el misterio, el dramatismo, la angustia existencial de la quietud y la victoria del espíritu y la voluntad sobre la fuerza bruta.
Lo verdaderamente extraordinario de esta rivalidad fue el influjo que ejercieron el uno sobre el otro. Joselito, lejos de menospreciar las novedades de su rival, comprendió con su inteligencia prodigiosa que Belmonte había abierto una puerta de la que ya no había retorno. El público, tras haber sentido el escalofrío de ver pasar los pitones rozando la tela al paso lento de Belmonte, ya no se conformaba con la distancia prudente y el toreo sobre las piernas de los viejos maestros. Entonces, José Gómez Ortega hizo algo que solo los genios consumados se atreven a hacer: incorporó la quietud y el terreno de Belmonte a su inmensa maquinaria técnica.
Joselito demostró que se podía parar, templar y mandar no por falta de piernas, sino por exceso de dominio y seguridad. Por su parte, Belmonte aprendió de José a ver los toros antes, a descifrar los terrenos de las plazas, a corregir defectos de colocación y a sobrevivir tarde tras tarde lidiando encierros duros sin dejarse la vida en el empeño. Juntos torearon decenas de tardes hombro con hombro, empujándose mutuamente hacia fronteras técnicas que la tauromaquia jamás había soñado alcanzar.
Esta competencia transformó también la crianza del ganado bravo. Para que un torero pudiera quedarse inmóvil, bajar la mano y conducir la embestida con la lentitud y el trazo curvo que exigía el toreo moderno, ya no servía el toro cerril, bronco y descompuesto del siglo diecinueve, que derrotaba alto buscando el bulto del hombre. Los ganaderos comenzaron a seleccionar animales con mayor entrega, con una embestida más humillada, con ritmo sostenido y con la fijeza indispensable para acudir dócilmente al llamado del engaño. La revolución de Belmonte y Gallito obligó al campo bravo a parir un toro de mayor nobleza y calidad en su acometida.
La edad dorada concluyó de forma trágica y repentina el 16 de mayo de 1920 en la plaza de toros de Talavera de la Reina. Aquella tarde gris, en un coso menor al que José había acudido por un compromiso de amistad, un toro chico, burriciego y astifino llamado Bailador, perteneciente a la ganadería de la viuda de Ortega, lo prendió por el vientre al perderle la cara durante un instante de desconcierto. La herida fue mortal de necesidad. Joselito, el rey de los toreros, el hombre que dominaba todos los misterios del toreo y que parecía inmune a la muerte, caía en el ruedo a los veinticinco años de edad.
La noticia de la muerte de José conmocionó al mundo. Cuenta la historia que cuando le llevaron el telegrama a Juan Belmonte a Madrid, el Pasmo de Triana rompió a llorar desconsolado, comprendiendo que una parte fundamental de su propia vida y de su grandeza se extinguía con su eterno rival. Sin Joselito al lado marcándole el paso y obligándolo a superarse tarde a tarde, el toreo se quedaba huérfano.
Belmonte continuó toreando, consolidó su mito, viajó por América, triunfó de manera rotunda en México y se convirtió en una leyenda viviente venerada por intelectuales, poetas y aficionados de todo el mundo. Pero el toreo moderno ya estaba fundado. La vieja regla de o te quitas tú o te quita el toro había quedado enterrada para siempre en la arena. A partir del choque entre el dominio enciclopédico de Joselito y la quietud milagrosa de Belmonte, el toreo asumió el canon que sigue vigente hasta el día de hoy: quedarse quieto, invadir el terreno de la fiera y guiar la fuerza del toro mediante el temple soberano de la franela.


