La historia de la tauromaquia guarda tardes memorables, jornadas en las que el arte se eleva a la categoría de monumento eterno. Eso fue lo que ocurrió cuando el maestro de Saltillo, Fermín Espinosa "Armillita", cuajó una faena prodigiosa de veintiún pases naturales a un astado de Piedras Negras que no merecía ni dos, desatando la locura en los tendidos y cortando rabo y oreja tras tres clamorosas vueltas al ruedo.
Junto a él, un heroico Manolete que lo intentó todo pese a medirse con un lote deslucido y sufrir una aparatosa voltereta sin consecuencias, y un desfortunado Calesero completaron un cartel de leyenda marcado por la aspereza de un encierro de Piedras Negras compuesto en su mayoría por gazapones y burriciegos.
La obra maestra de Armillita
Estamos ante la faena perfecta. Y no nos atrevemos a tocarla. Sería un desacato rozar siquiera el contorno venerable de sus mármoles.
Sería una mancha el querer reducir a yerta medida la armonía de su arquitectura serena y triunfal. Y sería un atentado el querer desmontar el ensamble prodigioso de sus partes para someterlas a un estudio prosaico y vulgar.
Mejor veámosla así, tal como la vimos desde el graderío sobrecogido de belleza, de clamor y de respeto. Mirémosla en toda su deslumbrante simetría: faena y arco y columna.
Arco que apenas muere, hace —de su misma muerte— brotar otro más gallardo y airoso, más limpio y audaz. Columna cubierta de oro, refulgente de espadas que lanza y soporta a la vez la gracia y el peso de su clásica arquería.
Y mirémosla en toda la fuerza de su genuino valer. Veámosla hecha de los más puros y firmes elementos que la tauromaquia ha creado en siglos de lucha, de dolor y de triunfo contra los toros bravos.
Admirémosla como expresión sólida, cabal, perfecta, de la más rancia y la más limpia doctrina torera: esa que formaran y probaran en mil tardes de sol y de hachazos los Romeros, los Paquiros y los Guerras.
Esa que sellaran con su sangre los Tatos y los Esparteros; esa que mantuvo en luchas de decenios a los Frascuelos y a los Lagartijos.
Esa que —en fin— hace hoy de Fermín Espinosa, como entonces de aquellos definidores de la tauromaquia, el torero en que depositan la mayor ciencia y la más ilustre maestría.
Y gustémosla también, en su profunda y exquisita suavidad. Saboreémosla en ese tacto, en esa delicadeza con que arropó al endeble torillo de Piedras Negras —que nacido para seis naturales y una estocada— tomó dócilmente, transformado como una obra de cera calentada a fuego, el milagro labonado de esos 21 naturales inmortales.
Gocemos de ese temple magistral y cuidadoso, exigente y esmerado con el que el torero fue "educando" al toro, mostrándole el camino del pase natural, enseñándolo a embestir y a tomar con afán encendido la roja muleta, a repetir sobre ella el empuje, a graduar su marcha y su arrojo.
Saciémonos en el aroma y en el sabor de este negro racismo soleado que es el fruto mejor de un Fermín Espinosa en la cumbre de su madurez.
Y no toquemos la faena perfecta. Dejémosla allí, en el centro de la arena, sola y magnífica en su soberbia perfección. Dejémosla allí.
Y rompamos el asombro enmudecido para gritar a su autor con toda la pasión de aficionados sacudidos hasta la médula: ¡Torero, torero, torero!
Torero, sí. Torero inmortal este Fermín Espinosa de Saltillo, con el que México se incrusta triunfalmente en la historia del toreo universal.
En quites, Armillita se echó el capote a la espalda y acarició al toro de pitón a rabo en tres saltilleras muy suaves, muy armoniosas, y una revolvera a tono con los lances.
El triunfo con "Nacarillo" (cuarto de la tarde)
"Nacarillo", número 37, fue el cuarto. Cárdeno, bragado, astifino, terciado. Desde su salida embistió muy bien por el lado izquierdo, tanto que nos llevó a gozar por anticipado una faena, pero ni con mucho a imaginar lo que en la realidad fue.
Armado de toda arma, fue Fermín a brindar la muerte del toro al ganadero de Pastejé, don Eduardo Iturbide, entre una nutrida y justa ovación, pues estaban aún frescos en la memoria sus seis toros inolvidables del 11 de diciembre.
La faena comenzó con un pase por alto, de frente y por el lado derecho. Siguió con otro alto por el lado contrario y su prólogo quedó cerrado con tres derechazos muy ajustados —el tercero como para guardarlo de recuerdo— y un pase de pecho.
La muleta se fue a la mano izquierda y volvieron cuatro naturales —el tercero perfecto— rematados con el de pecho.
Y en una faena perfectamente concebida, el torero se retiró unos pasos para citar al toro andándole suavemente, con la muleta adelantada.
Y fueron seis naturales de maravilla, torerísimamente rematados con el medio natural recogiendo la embestida en los vuelos de la muleta. Con un solo movimiento de muñeca, como quien cierra un abanico. ¡Maestro!
Un derechazo. Un pase alto. Y volvió a separarse para tornar a seguir el camino de los grandes: ese que va hacia el pitón izquierdo del toro y que se recorre con la muleta en la izquierda.
Cinco fueron los naturales, suavísimos, templados, jalando con delicadeza y rigor del testuz mismo del toro, y otro medio pase para remate. Un pase afarolado para alzar la cabeza.
Y en el centro de una plaza en erupción, Fermín dejó reposar el bicho para emprender de nuevo la marcha maestra: cuatro naturales y un molinete.
Y todavía, con el toro materialmente agotado, dos pases más con la izquierda. ¡21 pases naturales en la faena milagrosa!
En los propios medios —donde se realizó toda esta serie deslumbrante— Fermín sepultó una estocada trasera y caída que fue suficiente para hacer doblar al piedrenegrino. La plaza fue una explosión de blancura.
En medio de un vocero inacabable, Fermín dio tres vueltas al ruedo devolviendo todo un Montepío y recibió por enésima vez el óleo de nuestro ¡Torero, torero, torero!
"Abispo" had been a bull fought to perfection from the moment it left the pen. Lidia justa, organizada, medida, la que Fermín y su cuadrilla dieron desde el primer capotazo hasta el último pase de muleta. ¡Qué bien se ve el ruedo y cómo se entiende la fiesta cuando andan en aquél toreros que saben lo que hacen!
El esfuerzo heroico de Manolete
Todo se conjuró para que el maestro cordobés no tuviera esta tarde oportunidad de lucha a la par que el maestro de Saltillo. Apenas había desplegado el capotillo en su primer quite, cuando el primero de la tarde se le vencía por el lado izquierdo y lo zarandeaba en forma impresionante.
Manolete no pudo luchar porque su lote fue cegatón y difícil, pero el cordobés hizo esfuerzos heroicos por torearlos.
Su primero: "Tilichi"
"Tilichi", su primero —número 39, cárdeno oscuro y bragado, basto y astillado de cuerna— salió cortando el viaje por el lado derecho hasta poner en aprietos a Cantimplas. Los lances de Manolete tuvieron aguante por el izquierdo y dieron suficiente salida por el lado malo.
Cuatro varas sin que en realidad recibiera el debido castigo. Mota se cayó y Pimpi no hizo sangre; de la última, el animal salió huido. Cantimplas y Cerrillo se vieron comprometidos cuando banderillearon por el derecho; el primero colocó su último par por el izquierdo.
Manolete muleteó por abajo. En seguida extrajo tres naturales al sosote; ya para el último, el animal andaba buscando en los tendidos algún pariente.
El matador se lo llevó entonces a los medios, y "Tilichi" obedeció, pero trotando en la forma más pacífica que puedan ustedes imaginar.
Y ya en los medios el buey estableció su observatorio: se dedicó a admirar la plaza. Con algunos capotazos fue regresando al tercio.
Allí Manolete se dobló con él a la española, es decir, con muleta y cuerpo, y mató de una delantera a un tiempo, un pinchazo y una contraria y desprendida.
Palmas y pitos. Ya saben ustedes que Manolete es torero de máxima, y que a él no se le tolera la menor vacilación ni el más pequeño error. Tal es el destino de los grandes.
Su segundo: "Batelodo"
"Batelodo" se llamó el quinto, que no hizo el menor honor a su sitio (número 20, negro, lombardo, lucero, bragado, bizco y vuelto de pitones). Manolete se vio desarmado en el segundo lance por efecto de la forma incómoda del pitón izquierdo. Reanudó su toreo sin fijeza.
Tres varas arriba, la tercera pegando. Quite movido de Manolo y un intento de larga de Calesero. Merino y Cerrillo cubrieron el segundo tercio.
La faena fue un heroico empeño por aguantar al gazapón "Batelodo". Se inició con dos series de dos derechazos toreando a la virulé, y sus respectivos remates. Luego, intentos de natural que el toro no tomó.
Al final, a fuerza de porfiar, tres pases con la izquierda materialmente sacados de la tosca sosería del piedrenegrino. Dos derechazos ajustados, un remate y un molinete. Media estocada en su sitio y un intento de descabello. Sonaron muchas palmas para el cordobés.
La tarde gris de Calesero
Cuando vimos a Alfonso Ramírez pintar en el aire el quite de la tarde con el primer toro y hacer carne viva la escultura de Just que detiene en bronce la gracia majestuosa de la larga cordobesa, creímos que Calesero venía por su consagración definitiva. No fue así. Los toros, desde luego, no lo permitieron. Pero ahora, como en muchas otras ocasiones, Alfonso se nos fue yendo para abajo.
"Peregrino" se llamó su primero, cárdeno claro, con bragas, terciado. Toreramente vestido de corinto y oro, Calesero saludó a su enemigo con dos lances a pies juntos y dos con el compás abierto a más de media verónica.
Calesero, finísimo en quites, estilizó la chicuelina en dos ocasiones y remató con su preciosa larga, pero apagándose con la muleta y fatal con el estoque.
Tres varas arriba y recargando. Muy pegajoso con los de a caballo resultó el piedrenegrino, ideal para el rejoneo. Lo demás fue un herradero que motivó un enérgico bocinazo de la autoridad. Con los palos, Pinocho y Tabaco hicieron lo que pudieron, que no fue mucho. Y Calesero brindó a Pedro Vargas, que se llevó las palmas.
Trató de torear con la izquierda, pero hubo de desistir en vista del aire. Optó por torear por alto en cuatro ocasiones, cuajando un pase bonito. Luego, más afuera, intentó el derechazo, pero el toro perdía fijeza.
Siguió entonces una larga serie de muletazos por abajo, sin plan fijo y ayuda de los peones. Y el desastre matando: Calesero simplemente no hace la suerte; no se perfila, no vacía, no empuja con el brazo el estoque.
Seis pinchazos por todos lados. Media estocada. Dos intentos de descabello, uno de ellos en el pescuezo. Y una marcha fúnebre como final: al hilo de las tablas la cuadrilla entera siguió, cabizbaja y tristemente, el paseo póstumo del toro. Con música de miserere nos hubiéramos soltado todos llorando. Dobló y, naturalmente, pitos.
El cierre con "Boquillo"
“Boquillo“ cerró plaza (número 18, cárdeno oscuro, bragado y vuelto de pitones). Alfonso Ramírez le paró en un lance y se movió en los otros. Cuatro varas a donde cayera.
Y el matador en turno trató de hacer, con lamentables resultados, su quite por caleserinas. Tabaquito en el segundo tercio siguió mal —¿qué le pasa a tabaquito?—.
Alfonso comenzó toreando por abajo con garbo y mando; lo intentó todo y no logró nada. Al fin, yéndose del mundo, un pinchazo.
Y después de una eternidad de capitanía en el ruedo y bostezos en el tendido, una entera volviendo la cara, un intento de descabello, un pinchazo sin soltar, otro intento… y el toro que se echa entre fastidiado y compadecido. Solo que el puntillero lo levantó.
Al fin yéndose del mundo , un pinchazo . Y después de una eternidad de capitanía en el ruedo y bostezos en el tendido, una entera volviendo la cara , un intento de descabello , un pinchazo sin soltar , otro intento … y el toro que se echa entre fastidiado y compadecido . Solo que el puntillero lo levantó . Y al fin calesero logró una estocada casi entera , que mató sin remedio a “boquillo“.



